Del adiós

12 Mar

O de cómo despedirse con estilo y sin voltear.

El adiós es tan temido que se vuelve intocable, un mito. Pero en mí  llega un momento en el que después de tantas despedidas, no queda más que acostumbrarte a las ausencias. Mi abuela siempre me decía: quedarte, hija, es depender de los caprichos ajenos, ser esclava del humor y los amores de otros. El volverte débil y estúpida. Mejor vete y vuelve sólo cuando seas requerida. Y si no es así, entonces te deshiciste de un peso en tu pasado, camina con elegancia y yergue la cabeza.

***

Mi vida ha estado llena de despedidas absurdas, he contado más de 10 en las que he salido corriendo y sin voltear. No es por cobardía que termino huyendo, es por el mido de volverme débil y dependiente. Nunca me han gustado las despedidas desde que recuerdo. No tendría por qué ser la excepción.

De repente me da la impresión de que hacemos cosas que denotan la despedida poco a poco sin avisar, para olvidar ese suceso exiguo del cual queremos escapar, es un escudo. Una protección.

Llega un momento en que después de tanto huir, uno se acostumbra y se hace fácil despedirse. La abuela tenía ya su técnica muy dominada, misma que me enseñó por aquella etapa de la adolescencia en donde no fue un amor, sino una amistad de la que fui obligada a abandonar:

Ella me vio triste y por la vergüenza de su juicio no hice más que decirle que tenía que alejarme de tal persona por un tiempo, -¿Un tiempo?, aléjate para siempre- Gritó. Y sin más me describió su técnica a seguir:

Paso 1: Míralo fijamente, analiza si has pagado favores, si has rendido pleitesía, o si has quedado en deuda.  –no- Le dije a eso último. Entonces, si se ha convertido en un desequilibro ¿para qué tenerlo contigo?¿Para qué cargar con la incomodidad?

Paso 2: No te despidas, no digas lo que no quiere oír, porque entonces su mirada será tu carga durante mucho tiempo. Sólo rompe comunicación, quema todo, olvida su nombre, borra todo. El tiempo se encargará de no recordártelo sin datos.

Paso 3: Camina rápido, no voltees. Yergue la cabeza y contén los suspiros. Sentirás esa terrible necesidad de volver, pero no lo hagas. Camina rápido  y cuando estés suficientemente lejos, entonces disminuye la velocidad, relaja los hombros y llora si quieres. Pero permanece sin voltear. Te buscará, te llamará, te escribirá… es tu opción leerlo, escucharlo, pero no es opción verlo. Duele más la presencia que la ausencia de las palabras.

Paso 4: Escríbelo, escríbele. Pero no contestes al llamado.

***

Entonces seguí pulcramente su consejo. Y esto es mi absolución.

Adiós.

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El sexo y la risa.

25 Ene

Bajo la premisa de quedar bien con quién sabe quién, no la pasamos mientiendo, fingiendo… y lo hacemos bien: mi vida sexual es perfecta, mi pareja me ama más que cualquiera de ustedes pobres infelices y foreveralones… y cosas de ese tipo. Las mujeres también hacemos alarde de la vida sexual y somos malas.

Mi abuela siempre me decía que el sexo se tenía que disfrutar, gozar, sentir, percibir, disuadir y algunas veces, manipular. Pero jamás fingir. En el sexo una siempre sabe lo que quiere, cómo lo quiere y cuándo lo quiere… por eso es manipulable. Pero fingirlo es ocioso, presumirlo lo es aún más.

Al final, el sexo no son los libros, no es alarde, no es caro… sólo es una buena terapia de risas.

 

De cómo me volví una promiscua de la palabra: amor.

1 Mar

La libertad, tan utópica como exótica.

La libertad es como las utopías, se piensan que existen, se saben que pueden ser, se pregonan y se jactan de ellas, pero no existen en realidad. Libertad coartada por prejuicios sociales o por inicios de otras libertades.

**

Con mi abuela muerta lo único que tenía, en teoría, era libertad de pensar y actuar; pero como aquellos gobiernos que han sido manejados por dictadores,  pasé del sometimiento al libertinaje; mi capacidad de albedrío se vio terriblemente eclipsada por mi inexperiencia en la toma de decisiones, pero sobre todo, mi falta de sentir y expresar amor.

Así pues,  me embelesé con un músico empedernido. Comencé a salir con él al poco tiempo de la muerte de mi abuela. Me la imaginaba constantemente arremetiendo con mi absurda decisión de”enamorarme” de un Don Nadie. Pero sus besos eran mágicos, me hacían volar y escribir cursilerías, de esas que mi abuela seguramente hubiera objetado. El embelesamiento en realidad duró poco, tres días de canciones románticas fue mucho para mí. Así que sin decir nada más un día dejé de verlo como un objeto que me proporcionaba “amor”.

Otro día, conocí a un extraño ser, misántropo y tímido; como saben ustedes, mi debilidad por lo inusual, llamó mi atención;  sobre todo porque él me miraba todas las clases, se sentaba atrás de mí y a veces sentía su aliento en mi nuca. Comencé a hablarle… no tengo que describir las artimañas que usé para convencerlo de salir un día conmigo.

El misántropo y el músico, era una dualidad perfecta. Mientras uno versaba en mis piernas, el otro naufragaba en sus inseguridades e ideales.

Se me hizo fácil, y realmente no sentía culpa o vergüenza. No engañaba a alguien. Críticas de “amigas” llovían, pero ¡qué importaba! si mi abuela me enseñó que eso es lo que menos me debía ocupar. Yo era libre en mente. ¿Acaso ustedes se han permitido sentir sin culpas? ¿Por qué todo lo que te hace sentir y estar bien se le ha puesto el nombre de pecados capitales? ¿Qué no se basa la felicidad en esa libertad de dejar pensar en qué es pecado y qué es inmoral? Dejar de juzgar.

A esas alturas, decir, pensar y sentir amor era tan fácil, que hasta las comillas mentales le quité a la palabra.

Estar con dos o tres, es un privilegio que la sociedad juzga, pero que quisieran estar en tu lugar.

De ausencias y presencias.

6 Oct

… o de cómo extrañar sin hablar. Y luego, suplantar.

Extrañar es un sentimiento muy vago, porque si lo sientes es porque no puedes tenerlo justo en ese  momento, y quizá tampoco después o tal vez nunca lo has tenido… y ¡qué paradójico! pero suele ser. Es algo que deseas, y mucho, pero es tan profundo que necesitas algo, algo que pueda sustituirlo.

Desear entonces, es algo que se me ha hecho obsesión, después de las lecciones de mi abuela, obtener y contener, lo que sigue es extrañar pero sin hablar, por lo tanto aprendo, pero me obsesiono.

Un día, platicando con mi abuela, me habló de su muerte, y yo, estúpidamente,  le dije que la extrañaría, que jamás me faltara… sobra decir que desembocó a un curso de loquefuera y un nueva lección: nadie es imprescindible, mañana se te olvidará que algún día quisiste tanto a una persona, que la extrañaste y que lloraste. Pero ¿por qué esperar hasta mañana si puedes empezar a hacerlo desde hoy? lo que sigue es sustituir -decía solemnemente-

Empezar desde hoy, me repetía como un mantra. Cuando ella finalmente murió, no lloré, extrañé su presencia pero me acostumbré a su ausencia. Y suplanté su recuerdo con un hombre. Tres días después de la muerte me fijé en un caballeroso muchacho, lleno de falsas pretensiones, y con su abundante retórica me enamoré. En realidad, me obsesioné.

Resulta que un buen día, caminando en un parque lo conocí, se me acercó y con su verborrea me distrajo de mi profundo pensamiento; su destreza en el arte de la galanura me aburrió, pero había algo en él que me hacía olvidar la muerte de mi abuela. Era como una especie de curiosidad por practicar la nueva lección. Hablé poco mientras él contaba sus terroríficas aventuras amorosas, y de cómo él, con su galanura, conquistaba a todas. Pero yo no era todas.

Pasó el tiempo y lo único que logré fue que él llamara constantemente al celular pidiendo salir conmigo. No lo extrañé y mucho menos lo suplanté, tenía que buscar otro objeto del deseo. Y dos días después, lo encontré. POr supuesto, era otro extraño.

Él, gustaba del alcohol, la lectura y el cigarro, hablaba poco y nadie miraba hacia donde estaba, pero eso bastó, mi objeto se presentó ante mí como si el destino existiera, un destino equidistante y exiguo.

Hablamos poco, intercambiamos libros, bebimos café y quizá, una que otra vez, un vino que no aturdiera mis sentidos, era una toda una “damita” educada. Pero así pasaron los días ajenos, el tiempo que jamás nos pertenecía nos separaba repentinamente, pues siempre tenía en la mano un pretexto para interrumpir las citas y las charlas amenas. Así comencé a extrañarlo, le pensaba y sentía esa necesidad exquisita de tenerlo, de estar con él y bebérmelo a chorros, atragantarme de su presencia. Pero era una damita educada. Su ausencia me asfixiaba.

Así que, me mudé de país un tiempo. Al final su presencia seguía inerte, intacta, pero ausente.

¿Qué dicen que es el amor?

10 Sep

Esta es la historia de María:

Cuando alguna vez supe que estaba enamorada, en serio me espanté; luego, al confirmarlo, el mundo se paralizó… no estaba sola, no “debía” sentirlo, ni siquiera pensarlo. Pero las cosas no son como la razón dicta, a veces los instintos luchan constantemente hasta ganar, y es entonces cuando impulsivamente te enamoras de quien sabes te destruirá en un segundo. ¡Qué estúpido es a veces el corazón!, pero yo sabía que eso era exactamente el amor, porque en realidad, en toda lo que llevaba de vida, jamás había sentido algo igual. Y bueno, quizá no tendría otra vida para comprobarlo.

Quién sabe, quizá así sea la ley del amor, la secuencia lógica de una relación. Tal vez yo estoy mal pensando que todo debe ser color rosa y tener un final feliz, finalmente eso es lo que te enseña esta falsa sociedad… llena de apariencias.  Pero, ¿qué es el amor, sino estar con quien amas, un final feliz?, la nada.

He buscado en el diccionario, en los amigos, en la experiencia, en los grandes… en un mundo de oportunidades… y en realidad, sí he sentido el amor, pero no podría definirlo, no si piensan que soy una sádica masoquista que le gusta hacer sufrir y hacer llorar. Por ello no pienso definir al amor aquí. Es más, me cuesta tanto trabajo hablar de él, que prefiero disfrazarlo de: sensación extraña en el estómago, un espacio demente en el cerebro.

Además, yo no podría hablar del amor porque en realidad no sé bien qué significa eso, ¿será quizá perder la cabeza?, ¿sentir que se te desgarra el pecho?, ¿el estómago revuelto?, ¿la inevitable estupidez que emanas cada vez que estás con esa persona?… no lo sé. ¿Quién soy yo para hablar de él?, una simple mortal egoísta que ahora está sola porque no supo elegir, no supo decidir, no supo perdonar… no supo nada.

¡Pero qué más da si con eso presumo que del amor he bebido sus mieles!, he caído, me he desvanecido… y he aprendido. ¡Qué más da! Aquí estoy ahora.

¡Sola! Calla.

Del amor se ha dicho todo y quizá nada, es tan subjetivo como las notas periodísticas que presumen honestidad. Lo que es cierto es que es algo intangible, no se ve, no se puede oler y mucho menos se puede manosear… aunque tal vez oler sí, y por supuesto, sentir. Pero no es un objeto o algo que tenga volumen, forma y color, es más que nada como una insignia, como una maldita marca que se tatúa en el pecho  y te hace perder todo indicio de razón. Y eso que tú ya la habías perdido. Bueno, tal vez la perdí desde antes, pero podría presumir que en el momento en que lo conocí tenía un poco de cordura. Ajá sí.

El punto es, que no sé, y no me interesa saber qué diablos es el amor, estoy ya grande para eso. Es más, hasta se me hace cursi intentar definirlo. Sí, como vil comercial del amor en pleno San Valentín. Algo peor aún. ¿Puede haber algo peor que todo ese manojo de estúpida mercadotecnia? Sí, y puedo ser yo hablando de amor. Está cabrón. Bastante.

Y bien, se supone que en este punto al que he llegado, debería de comprender que lo único que él fue para mí es la destrucción misma… el huracán que arrasó con todo, se llevó lo más importante de mí… mi esencia, mi alma, mi corazón, mi vida, mi cerebro… y me dejó sólo el molde de un cuerpo más débil de lo que solía ser y que siempre fingió ocultar. Pero también dejó una historia que me inventé para poder decirle lo que en realidad viví. Y aquél, aquel se llevó de mi orgullo, mi vanidad y mi corazón…

Una historia que literalmente, escribí para vivir.

Aprendiendo a ocultar dolores, ausencia de emociones.

9 Sep

Nunca entendí por qué mi abuela me entrenaba, es más, nunca supe para qué lo hacía; sólo sé que cada día era un reto, una teoría nueva a la cual tenía que crearle la práctica, la comprobación y mi nueva hipótesis. Y al final se convirtió en un dominio de emociones.

Una vez que te rompen el corazón, las siguientes veces se vuelven fáciles. El extraño y yo nos seguíamos viendo, más por obligación mía que por costumbre. Se volvió un poco más retraído y mucho más tímido, ahora ya ni siquiera me miraba. Tanto que me gustaba su mirada imposible.

Alguno de esos días en que me sentía mezquina por lo que hice, acudí a mi sabia abuela, quizá ella podía curar el dolor que sentía. Y lo que hizo fue inscribirme a clases de piano. ¿Por qué mi abuela no comprendía el dolor que sentía?, se lo cuestioné alguna vez, y me contestó que uno no vino a esta vida a sentir dolor.

El dolor es para los débiles. -decía- Nunca permitas que alguien te vea dolida, te hará esclava de ese sentimiento.

Lo cierto, es que después desarrollé un gusto innato por los débiles, o los extraños que nadie miraba, el ñoño del salón, el nerd de computación, el freak de los videojuegos y todo ser ajeno e indefenso en el contexto salvaje de una escuela. Nació algo así como un instinto protector.

Aprendí a tocar el piano, luego el violín, el saxofón fue cuando le grité por primera vez a mi abuela que era fría,  y finalmente, cuando mi dolor fue intenso,  me metió a clases de contrabajo. Tuve uno que otro despiste llamado novio, y entonces las clases eran de pintura, escultura, arte dramático, e historia del arte. Y cuando erraba en la escuela, pues entonces eran clases de ballet, hawaiano, tahitiano, gimnasia olímpica. Clases de defensa personal se volvieron básicas cuando ya estaba entrando a la mayoría de edad. decía mi abuela que eras eran para amansar al vulgar.

Alguna vez leí un libro sobre las Geishas, y me preguntaba si la abuela, en su vida había sido la reina de las geishas; no le pregunté jamás, ya había agotado, según yo, las opciones para clases de “loquefuera”.

Al final de todas sus enseñanzas, me quitó el miedo en muchas cosas, jamás fui insegura, nunca se burlaron de mí en algún aspecto, me respetaban y hasta a veces me imitaban, y más que soberbia, un amable ego.  Pero sobre todo, aprendí a ocultar dolores, manipular emociones y dominar sentimientos.

Ah qué mi abuela tan culta ella. No sé si lo que hacía era para evitar que yo sufriera, o para hacer historia de la cabrona más grande de la familia. Total, yo como pupila, fui bastante dedicada.

De cómo obtener y contener.

7 Sep

O de cómo me volví la experta en el juego.

Las mujeres que son educadas como yo, somos terriblemente competitivas, no sabemos de límites, jamás usamos la palabra jamás y somos todos menos estúpidas. Mentimos y actuamos, bailamos y leemos.

Mi abuela me enseñó a andar en tacones, argumentando que una mujer en tacones logra todo lo que se propone, pero no todo es lograr y obtener, también hay que saber contener, es todo un arte y el concepto se cocina aparte.

Obtener lo que uno quiere, siempre conlleva a despojarse de algo que también uno quiere. Nunca podrás obtenerlo todo, no al mimo tiempo, y nunca podrás contenerlo todo, a la vez. Cuestión de decisiones.

Mi abuela me enseñó a obtener, con base en contener, pero sabiendo que la consecuencia sería decidir entre una u otra cosa, cualquiera que estas sean. Por ejemplo, ¿se acuerdan del extraño? bueno, la forma de obtenerlo era contener mis emociones más básicas (como el terrible deseo que me provocaba su cuerpo) y decidir entre él y los otros. Los otros me asediaban mientras yo me fijaba en las maneras que tenía el Extraño de acomodar sus lentes, tocar su cabello cuando se ponía nervioso, morder sus labios cuando estaba ansioso y volverme un poco más culta para llamar su atención.

Me hice así, experta en la mimetización con base en la observación. Actuaba como él quería y así lograba obtener su atención, principio básico de la obtención.

Una vez que lo logré, ahora era tarea mantener. Mi abuela siempre decía: ” Si ya lo tienes, lo mantienes hasta donde tu ego te lo permita” haciendo referencia a cualquier dulce: lo tengo, lo mantengo y cuando ya me harte de él o mi deseo se haya complacido, el ego dicta que debo dejarlo. Entonces esta comparación provocaba en sí una antítesis del deseo. Querer, pero no obtener del todo.  Es complejo lo que mi abuela me pedía que aprendiera, sobre todo a mi corta edad. Pero aún así lo intentaba y el Extraño era mi objeto de prácticas.

Todas estas paradojas que la Abuela me enseñó, de una forma ingeniosa las fui aplicando en mi Extraño, sobra decir que lo conquisté, pues en la vida de éste no había algo más que se asemejara lo que yo le daba: atención.

El Extraño, entonces, un día se atrevió -por presión indirecta- a confesarme su amor en una de aquellas tardes en donde hacíamos trabajo escolar en “equipo” -que obviamente sólo éramos nosotros dos-  Yo quise festejar mi primer triunfo, significativo, abrazarlo y decirle cuánto tiempo trabajé para eso… pero contener era la opción. Sonreí, evité su mirada, si mirada imposible, tragué saliva y con ella iba mi sensatez; y le dije: Aprecio mucho tus palabras bonitas pero tengo otros intereses. Algo en mí se tronó, se reventó… pero no supe qué fue, me dolió y lo vi dolerse, lo vi caer y lo vi llorar. Pero era una dama educada, me retiré.

Esa fue, mi primera experiencia con el amor. La primera vez que se me rompió el corazón.